Mal perder

Nunca soporté aquella chica rubia que se pensaba mejor que los demás. Nunca soporté su voz, ni sus gestos ni su sonrisa torcida. No soportaba la manera en la que se hacía nudos en su pelo mientras pensaba que era la más lista de la clase. Estaba en una continua competición pensando que nadie la alcanzaría y siempre había alguien que la superaba.

Pensaba que era más especial que los demás porque creía que tenía más dinero que el resto, aunque aquella afirmación tampoco era cierta. Pensaba que era de una clase social diferente al resto del colegio, pero pertenecía a la misma que los demás.

Pero aquel día quedó claro lo superior que se creía respecto a mí, cuando le hice “jaque mate” a los pocos movimientos de comenzar. Ella afirmaba que no podía hacerle “jaque mate” sin haberle hecho un “jaque” antes. Movía otra ficha y yo volvía a ganar la partida. Ella se negaba a perder y ponía otra excusa. Otro movimiento, otro “jaque mate”. Sus estúpidas excusas frente a mi aplastante lógica.

A la quinta vez se rindió por fin, afirmando que yo no sabía jugar al ajedrez. Se fue con sus aires de estirada y me dejó en aquella silla con mi sonrisa triunfante. Nos ganaba a todos en estupenda estupidez.

Cajón de Relatos

El brahmán, el elefante y el ajedrez

En mi último viaje a Calcuta, una mañana asfixiante, agotado del barullo de la ciudad, callejeé buscando algún rincón más tranquilo. Por las estrechas calles secundarias encontré un pequeño callejón que prometía algo de silencio. Al girar por la primera callejuela llegué a una minúscula plaza, en ella había un anciano brahmán con un elefante que jugaban al ajedrez. Con mi incipiente inglés y alguna palabra suelta en hindi le pregunté intrigado:
―¿El elefante sabe jugar?
―Por supuesto –me respondió sonriente.
Me quedé observándoles intentando averiguar la verdad. El caso es que el elefante, efectivamente, sabía jugar al ajedrez, y nada mal, debo admitir. En cuanto el brahmán movía una de sus piezas, el elefante, tras un instante, casi diría pensativo, cogía una de las suyas delicadamente con la trompa y la colocaba en su nueva posición. De vez en cuando el anciano le hablaba. ¡Cuánto me hubiera gustado saber qué le decía! A veces el elefante bramaba y el anciano se reía. Casi aseguraría que conversaban. Hubo tablas. Increíble. Al final se levantaron del suelo y se dispusieron a marcharse.
―¿Cómo es que el elefante sabe jugar al ajedrez? –le volví a preguntar.
―El saber es misterioso, tiene muchos senderos; la vida está llena de milagros –me respondió enigmático, casi condescendiente.
Entonces el anciano se acercó a mí y me entregó un pequeño colgante. No me dijo nada más y se fue guiando al elefante. Les perdí de vista entre la multitud y no les volví a ver.

Luis J. Goróstegui

Jaque Mate

Observa con desgana el ajedrez que luce encima de la mesa de café del antiguo despacho donde ha pasado los últimos años de su vida. El cansancio del día se hace presente y se sienta con pesadez en el sillón de cuero que le acoge con un ruido seco. Sentado en ese sillón ha tomado las decisiones más importantes de su vida y ahora le toca tomar la última antes de despedirse, antes de dejar atrás una contienda contra su propio espíritu y su conciencia. El mundo ha cambiado pero él no. Sigue creyendo en la diplomacia aunque para realizar la última jugada de una partida donde no habrá vencedores tiene que saltarse algunas reglas. Descuelga el teléfono rojo que ha permanecido mudo durante algunos meses y recibe la voz que espera al otro lado.
-Jaque Mate.- susurra dando voz a la orden que todos esperaban.

InannaStM

5º reto Palabra Obligada: Ajedrez

Tras la encuesta realizada en Twitter con palabras relacionadas con juegos de mesa publicamos un nuevo reto.

Escribe un relato (50-250 palabras) que contenga la palabra AJEDREZ aunque la historia no gire en torno a ella.

El reto finaliza el día 31 de enero a las 23h.

En este enlace podrás leer las normas a seguir y enviarnos tu escrito a través del formulario que aparece al final de la misma página.

© La fotografía utilizada en esta publicación es de Pixabay.

Tabla de salvación

Era una gélida mañana en la costa de Lofoten. La playa amanecía cubierta de nieve y los copos se deshacían con un siseo en contacto con el mar de acero. Mientras los pescadores se preparaban para faenar, divisaron en la lejanía a un par de intrépidos surfistas que, sin enfundarse siquiera el traje de neopreno, desafiaban al clima cabalgando las olas en precario equilibrio sobre una tabla diminuta. No fue hasta que se adentraron con las barcas en el agua que se percataron de su error: se trataba de supervivientes de un naufragio en otra de las islas del archipiélago. Sin pérdida de tiempo, los rescataron y trasladaron hasta su cabaña, donde crepitaba un fuego vivificante. Cuando lograron dejar de tiritar, relataron haber sido víctimas de Jördmundgander, la serpiente mitológica. Al principio, los marinos tomaron la historia por una simple alucinación causada por el trauma, mas no tardaron en ser testigos de cómo las olas arrastraban a la orilla miles de bacalaos envenenados por las mortíferas fauces de aquel ofidio descomunal.

nefelibata

El Suceso

Así son nuestros días desde hace mucho: los dos con nuestras tablas y viendo como nieva. Desde El Suceso, las hordas de surferos venían a Hawaii a surfear con nieve. El archipiélago se había convertido en una sola isla, debido a la bajada del nivel del mar, y los complejos hoteleros con paquetes del tipo “surf&Ski” habían surgido como setas, sin contar que todos los nuevos hoteles contaban con spa, por las aguas termales que había cerca del volcán. Nosotros, nacidos aquí años antes de El Suceso, éramos de los pocos que habíamos visto un Hawaii tropical, donde podías surfear e ir a tostarte al sol. Eso hoy en día era impensable, solo había algunos complejos hoteleros en los bosques de Arabia Saudí, que tenían pabellones tropicales que simulaban aquello.

El mundo había cambiado, pero el ser humano, como siempre, se había adaptado y, como no puede ser de otra manera, los negocios se habían modificado a la nueva situación. Nosotros éramos de los pocos de la isla que ofrecíamos algo diferente, no queríamos ofrecer el típico paquete de Ski, así que hacíamos Surf y buceo extremo en la laguna que había cerca del Kilawea, todavía estaba activo, aunque dormido. No tenemos mucha clientela, pero no lo hacemos para hacernos ricos, nos gusta y nos da suficiente para vivir.

Damos gracias de haber nacido en una de las zonas que no sufrieron muertes masivas durante El Suceso. Con eso nos basta para seguir adelante, día a día.

Sergio Béjar

I: La maleta

— ¿Quieres dejar que me tome la cerveza tranquila? —Antoine era el peor de todos, siempre incansable, sin comprender que necesito un respiro de vez en cuando— Me tienes harta, de verdad.

Él seguía hablando, pero hacía rato que no le escuchaba. Sabía perfectamente lo que me estaba diciendo y no me daba la gana seguirle el juego, necesitaba esa cerveza para poder aguantar el resto del día sin pegarle un tiro a nadie.

Maldito día en el que me encontré aquella maleta negra. Conseguí coger el último metro por los pelos y menos mal, porque no me quedaba dinero para un taxi. El vagón estaba vacío y en el asiento que había frente a mí estaba la maleta. Como mi móvil se había quedado sin batería hacía tres horas, no tenía nada mejor que hacer que fantasear con lo que había dentro. ¿Sería una bomba? No era demasiado probable, ¿qué clase de terrorista pondría una bomba un miércoles a la una y media de la mañana en la línea 6? Uno no muy ambicioso, desde luego. Tal vez estuviera lleno de dinero, no era muy grande, pero en billetes de quinientos euros cabía una buena suma. Si es que existían de verdad, porque en diecisiete años que llevaba el euro circulando, aún no había visto ninguno en persona. ¿Y si eran drogas? En ese caso seguro que me metía en problemas al llevármela, pero no estaban las cosas para rechazar una oportunidad como aquella. Me vendría bien todo el dinero que pudiera sacar.

El metro se detuvo en Laguna, siempre se me olvidaba que a esas horas ya no llegaba hasta mi parada, menos mal que no quedaba tan lejos. Dudé por unos segundos, pero ya que no había nadie más allí cogí la maleta y me fui con toda la naturalidad que supe fingir, esperando que nadie me dijese nada. La maleta era ligera, no tenía pinta de estar llena. De hecho, parecía que estaba vacía. «En el peor de los casos me llevo una maleta gratis» pensé.

Llegué a casa agotada, después de un día de mierda y no me hizo ninguna gracia encontrarme con el aviso de desahucio que llevaba una semana pegado en la puerta. Intenté cabrearme, pero estaba tan cansada que ni eso era capaz de hacer. Dejé la maleta en mitad del salón y me fui directa a la cama. Recordé que no había cenado aún cuando me crujió el estómago, pero estaba quedándome dormida y decidí pasar. Ya desayunaría fuerte por la mañana, necesitaba que se acabara el día de una vez.

Unos golpes constantes me despertaron por la mañana. Fui a mirar la hora que era, pero el móvil estaba apagado. «Mierda» cogí el cargador y lo enchufé rápidamente «mierda», no aparté la mirada de él hasta que se puso en un uno por ciento de batería y le di a encender. Los siguientes segundos se me hicieron eternos, pero necesitaba confirmar mis sospechas.

— ¡Mierda!

Los golpes cesaron un segundo, ¿habrían escuchado mi grito los vecinos? Daba igual, eran las nueve y media y yo aún no estaba ni vestida. Abrí la puerta del armario, cogí sin mirar lo primero que alcancé y me vestí corriendo. Salí de la habitación pensando en la excusa que pondría al llegar a la oficina, cuando me tropecé con la maleta que dejé tirada en mitad del salón la noche anterior. Caí de morros contra el suelo, golpeándome en la nariz. El dolor era insoportable, pero no pude evitar reírme al darme cuenta, justo en ese momento, de que era mi día libre. Me dio un ataque de risa tan fuerte que ni siquiera me di cuenta de que estaba sangrando.

Me levanté mareada y con un dolor de cabeza enorme. El martillo del vecino no dejaba de hacer ruido y no me dejaba pensar con claridad. Fui al cuarto de baño a por una aspirina y al verme en el espejo me di cuenta de lo hinchada que tenía la nariz. Tuve que limpiarme la cara sufriendo cada vez que me la tocaba y ponerme unos trozos de papel higiénico para que dejase de sangrar. Estaba hecha un cuadro.

El martilleo constante que sonaba en la casa parecía tener vida propia. Al principio pensaba que era del vecino de arriba, pero ahora venía del suelo. Era incapaz de concentrarme para averiguarlo y el maldito ruido estaba empezando a provocarme ansiedad. En el salón era donde más sonaba. Cogí la maleta y la puse encima de la mesa. No tenía sentido, pero los golpes empezaron a sonar mucho más fuerte en ese momento, como si los martillazos fueran en mi propio salón. Estaba un poco atascada, pero no me costó demasiado abrirla. Justo en ese momento el ruido se detuvo. Un repentino silencio invadió la casa, las luces se apagaron y la temperatura bajó de golpe. Mientras me recorría un escalofrío, todo volvió a la normalidad. Excepto el ruido, ya no escuchaba ningún golpe. Al fin.

Eché un ojo a la maleta y revisé los compartimentos interiores, pero no había nada, estaba completamente vacía. Una pena.

— ¿Qué? ¿Decepcionada?

— ¡Me cago en la puta! —me salió del alma— ¿Quién eres y qué cojones haces en mi casa?

— Hacemos —era un hombre alto y delgado, de mediana edad, con una sonrisa de oreja a oreja—. Somos catorce, pero no podemos presentarnos todos a la vez. O eso parece. La verdad es que no entendemos muy bien cómo funciona esto. Me llamo Antoine.

Estaba asustada, no entendía nada, pero aquel hombre tenía la mano tendida hacia mí. Acerqué mi mano temblorosa a la suya, pero no fui capaz de tocarle. ¿Estaba volviéndome loca?

— Vaya, imaginaba que pasaría algo así —Antoine pasó su mano por mi cara, atravesándola sin problemas—. La muerte tiene estas cosillas.

Sí, definitivamente me había vuelto loca.

Dani de Castro

Inspirado por un tweet de calcetinrayado, me dispongo a escribir por capítulos esta historia que no sé muy bien a dónde me va a llevar. Espero estar a la altura.